Un día iba haciendo esa misma ruta, cuando vi que llegando a la casa de los demonios que cada vez que pasábamos se notaban sus ganas de retarnos a sobrevivir. Había un perro blanco que nunca antes vi, en el camino, con indiferencia y sin complicaciones seguí caminando con Dante, el perrito se levantó espantado: «A correr de los jinetes de la muerte», seguramente pensó. No sabía que tomaría el peor camino de su vida, irónicamente, el cementerio estaba para la izquierda, el camino que yo siempre tomo a la derecha, seguí mi camino y vi al perrito blanco corriendo camino abajo, yo con el Dante, con el mismo paso firme y a veces apurado de nuestro caminar. Se detuvo, cuando en un instante subí la mirada al camino para ver a los 2 Rottweilers saliendo de su mansión de barrotes y siguiendo ferozmente al pequeño perro blanco quien si antes había corrido con ganas ahora corría con desesperanza o desesperación si sabía la vida que tenía por delante.
Sí, afortunadamente, Dante no vio a los animales por su mala visión y porque era de noche, caso contrario hubiese puesto a ladrar como lo hace de costumbre cuando algo le asusta, molesta o le genera algún sentimiento que le acelera su inocente sobrecarga. Yo me encargué rápidamente de jalar al Dante en la dirección contraria antes que volviera a querer bailar de nuevo la muerte con nosotros. No pasó muchos pasos cuando mientras seguía monitoreando en la lejanía el momento de los chuchos escuché un pequeño chillido, casi imperceptible porque fue corto y tenía audífonos con música muy estridosa puesta, pero hizo sentido cuando levanté la mirada con interés y vi a los 2 demonios jugando con el cadáver del perrito blanco, uno lo agarraba por la cabeza, por eso solo gritaba en silencio, mientras el otro revoloteaba de felicidad mientras movía su cola e intentaba morder la del perrito blanco, quizá a otro se le hubiese ocurrido hacer justicia, a mí solo me generó indiferencia y pensaba en salir de esa escena lo antes posible, ya había visto suficiente.
