El mismo día que mis compañeros de la ONG me dejaron en mi casa lo primero que hice fue agarrar la correa y sacar al Dante a pasear que llevaba casi 3 sin tocar el exterior, me sentía en deuda por su entrega y a la vez me sentía en deuda conmigo por la mía. No lo pensé, llegué, dejé mis cosas en la puerta y tomé la correa, ahí estaba el Dante totalmente excitado con la simple idea de salir a caminar y verme después de 3 días fuera. Parece como si no lo sacara nunca porque cada vez que salimos sus niveles de adrenalina se elevan a niveles narcóticos, gracias a mi superpoder de empatizar con los seres vivos puedo deducirlo, siempre intento contener esa explosión de adrenalina desde que abro la puerta, ya que Dante sabía que no podía tocar el exterior sin cadena y cuando la tenía puesta no dudaba en correr hacia fuera.
Cuando salimos me apresuré a cerrar la puerta ya que me estaban contagiando las energías de mi histérico perro, cerré la puerta y me volteé hacia el frente, por algún motivo me detuve a observar el entorno, bueno el motivo de enseñarle a Dante a no comer ansias de libertad y observar, la verdad me puse música para poder no pensar en nada cuando de repente divisé una sombra rara, entre la poca claridad de la farola y la sombra de un seto en la otra orilla de la calle había un gato, se veía de lo más tranquilo, sentado, gordito y en paz con ser un gato. Era un gato de lo más normal, con partes grises y blanco, como la inocencia. Se dio cuenta de la clavada de mi mirada y me devolvió el puñal al momento. Me gustaría que en algún punto perfeccionáramos la telepatía porque la comunicación sería millones de veces más eficiente, pero en ese momento sentí que el gato me dijo algo y no es por justificar mi terrible accionar siguiente, él me desafió, con su mirada me sentenció: «No tienes tanta libertad como yo, dijo, ni siquiera sabes si eres Brock o Dante».
