Es alucinante descubrir cómo la vecindad se implica y descubren que, efectivamente, ni huele ni molesta; y sus residuos de resto se reducen a la mínima expresión, llegando casi a desaparecer.
Estos vecinos que están dentro del proyecto son de momento poquitos, pero van sumando orgánicamente (no pun intended) participantes. Las cuentas es que les salen 300 kg de compost de buena calidad cada dos o tres meses.
Ahora decidirán de forma democrática qué quieren hacer con lo que antes era un residuo, y hay muchos proyectos sobre la mesa, incluido abonar tierras abandonadas junto al municipio para renaturalizarlas y recuperar su vegetación.
No me cabe ninguna duda de que este es el futuro de los residuos orgánicos. De problema a solución.